Columna publicada en www.elkambio.cl

El próximo 5 de octubre se cumple un nuevo aniversario del plebiscito que terminó con la dictadura militar. Aquel día la Concertación de Partidos por el NO (nombre original del actual pacto “Concertación y Juntos Podemos Más Democracia”), obtuvo el 55.99% de las preferencias en contra de que el General Pinochet continuara en La Moneda.
Han transcurrido 21 años del evento que inició el retorno de Chile a un régimen democrático, tiempo en el cual la Concertación ha gobernado al país durante cuatro períodos consecutivos, consolidándose como una de las Alianzas más importantes de nuestra historia republicana.
Eran tiempos en que el contexto político llamaba a movilizarse, adherentes del SI y del NO llenaban el espacio público en manifestaciones de miles de personas, las franjas televisivas son por lejos las más recordadas, los líderes políticos eran venerados, su palabra era escuchada y respetada, existía la sensación de que el voto valía, ir a las urnas no era una perdida de tiempo.
Después de más de dos décadas, estamos en presencia de un nuevo Chile, un Chile que perdió el respeto por sus autoridades e instituciones, que no confía en los partidos políticos, que no se inscribe en los registros electorales y que pide a gritos la aparición de nuevas figuras, porque quienes ocupan la mayoría de los escaños en el Congreso y las directivas políticas, están ahí desde esa época y más.
Los políticos de antaño, que alguna vez lucharon por ideales y gestas históricas, se quedaron pegados en esa lógica binaria que les impuso el plebiscito del 88. Eres del SI o eres del NO, eres Pinochetista o eres Allendista. No han asimilado y comprendido que Chile cambió, que lo que convocaba en ese entonces ya no existe.
La épica desapareció y todavía no hay nadie que la pueda hacer carne, los actuales candidatos a la presidencia serán votados por una gran mayoría de chilenos como el “mal menor”, mas que por una real convicción de que es la persona que llevará a Chile a las grandes ligas. Si realmente tuviéramos nuestro “Obama”, muchos más jóvenes se hubieran inscrito para votar.
Marco Enriquez-Ominami podría representar el cambio generacional, sin embargo esto no se trata de más o menos canas, sino que de una nueva manera de hacer política, una abierta y participativa, que sea liderada por personas que no carguen con el lastre afectivo de los últimos procesos y que por ello inspiren confianza en la ciudadanía. ME-O todavía no ha sido claro en que gobernará con los más capaces, en donde los Girardi, los Vidal o los Escalona no tienen cabida.
Son muchas las reformas que podrían contribuir a darle aire fresco a nuestra política: inscripción automática y voto voluntario; modificar el obsoleto sistema binominal, útil en un principio pero excluyente en la actualidad; participación ciudadana en los gobiernos regionales, descentralización efectiva, etc, etc.
Pero falta aquello que movió multitudes hace 20 años, que las cosas mejoren no es solo responsabilidad de quienes nos gobiernan, se necesita del compromiso ciudadano en la correcta implementación de las políticas públicas, tenemos derechos y deberes por lo que no podemos quedarnos sentados pifiando desde la galería eternamente. El plebiscito de 1988 lo ganó la ciudadanía, solo falta la épica.



